EDITORIAL
Publicar con integridad. La ética como fundamento del conocimiento
científico
Dr. Ezequiel
Martínez Rojas
Vicerrector de
Investigación e Innovación
Universidad Arturo
Prat, Chile
https://orcid.org/0000-0002-0914-951X
Modalidad de
distribución declarada en acceso abierto: CC BY
La confianza como fundamento del
quehacer científico
Cada vez que nos aproximamos a un artículo
científico, lo hacemos desde una confianza que rara vez se explicita, la de
asumir que los datos existen y fueron recogidos con rigor, que las imágenes
representan fielmente aquello que pretenden mostrar y que quienes firman el
trabajo participaron efectivamente en su elaboración. Dicha confianza,
precisamente por su carácter tácito, constituye el cimiento sobre el cual se
sostiene el edificio del conocimiento, de modo que, cuando se resquebraja, no
se compromete únicamente un artículo, sino también una parte de la credibilidad
que la sociedad deposita en la ciencia y en quienes hemos dedicado nuestra
trayectoria a cultivarla.
En el número anterior de esta revista se
sostenía, con notable lucidez, que la responsabilidad no puede delegarse por
completo en los algoritmos y que la ética continúa siendo una tarea
esencialmente humana, planteamiento que deseo retomar para trasladarlo a un
terreno que concierne de manera directa a quienes investigamos y publicamos, el
de la integridad en la publicación científica, en la medida en que ninguna
tecnología, por sofisticada que resulte, podrá sustituir la decisión personal
de actuar con rectitud aun cuando nadie esté observando.
Lo que nos dicen las retractaciones
La retractación representa el mecanismo
mediante el cual la ciencia reconoce públicamente que algo ha fallado, y
durante mucho tiempo fue un fenómeno casi excepcional, pues antes del año 2000
se retiraban menos de cien artículos al año en todo el mundo, cifra que para
2014 ya se aproximaba al millar, según el análisis que Brainard y You (2018)
realizaron para la revista Science a partir de la
base de datos de Retraction Watch.
La tendencia posterior resulta aún más reveladora, dado que solo en 2023 se
retractaron más de diez mil artículos, un récord histórico en el que más de
ocho mil correspondían a revistas de una misma editorial afectada por fraudes a
gran escala en sus números especiales, con lo cual la tasa de retractación
superó por primera vez el 0,2 % de lo publicado (Van Noorden, 2023).
Estas cifras, sin embargo, deben
interpretarse con cautela, ya que no todo incremento en las retractaciones
implica que la ciencia actual sea de menor calidad que la de décadas
anteriores, puesto que parte de dicho crecimiento obedece a la multiplicación
de revistas, al desarrollo de herramientas de detección y a una comunidad
académica más vigilante frente a la literatura publicada (Brainard y You,
2018). Aun así, el análisis de sus causas ofrece un panorama inquietante, como
lo evidencia el estudio de Fang et al. (2012) publicado en PNAS, en el cual la
revisión de 2047 artículos biomédicos retractados permitió establecer que el
67,4 % había sido retirado por alguna forma de mala conducta, ya fuera fraude o
sospecha de fraude, publicación duplicada o plagio, mientras que el error
honesto explicaba apenas alrededor de una quinta parte de los casos, lo que
sugiere que en la mayoría de las ocasiones el problema no residió en una
equivocación sino en una decisión.
Más allá del fraude, las prácticas
que se vuelven costumbre
Resultaría cómodo suponer que la mala
conducta se limita a unos pocos casos escandalosos, pero la evidencia
disponible apunta a un escenario más matizado y, por ello, más incómodo. En un
metaanálisis publicado en PLoS ONE, Fanelli (2009) encontró que cerca del 2 % de los
investigadores admitía haber fabricado o falseado datos al menos en una ocasión
y que hasta un tercio reconocía otras prácticas cuestionables, proporciones que
aumentaban de manera considerable cuando se indagaba por lo observado en sus
colegas, hallazgos que años más tarde encontraron eco en una encuesta nacional
aplicada a más de seis mil investigadores en los Países Bajos, según la cual
más de la mitad había incurrido con frecuencia en al menos una práctica
cuestionable durante los tres años previos, entre ellas la omisión de
resultados desfavorables, la citación selectiva o la supervisión deficiente del
trabajo de otros (Gopalakrishna et al., 2022).
Existen, además, formas de manipulación
menos visibles, como lo demostraron Bik et al. (2016) al examinar más de veinte
mil artículos con imágenes de laboratorio y hallar duplicaciones problemáticas
en el 3,8 % de ellos, muchas con indicios de intervención deliberada, a lo cual
se suma el crecimiento silencioso de las denominadas fábricas de artículos,
empresas que comercializan manuscritos fraudulentos y autorías, y que han
logrado infiltrarse en revistas indexadas de diversas disciplinas (Else y Van Noorden,
2021). Este conjunto de evidencias remite a la advertencia formulada hace ya
dos décadas por Ioannidis (2005) en PLoS Medicine, quien mostró que los sesgos, los incentivos
y la presión por obtener resultados llamativos pueden restar solidez a una
parte considerable de lo que se publica.
Las presiones que no debemos ignorar
Sería injusto abordar la dimensión ética
sin considerar el contexto en el que se desarrolla la labor investigativa, pues
en numerosas universidades —y América Latina no es la excepción— la carrera
académica se evalúa cada vez más en función de la cantidad de artículos, el
cuartil de la revista o el número de citas, e incluso, en algunos casos, se
otorgan bonificaciones económicas por publicación. Tales incentivos, concebidos
originalmente para estimular la producción de conocimiento, pueden terminar
privilegiando la celeridad por encima del rigor y empujando a investigadores
jóvenes, con frecuencia vinculados mediante contratos precarios, hacia atajos
que en otras condiciones no habrían contemplado, circunstancia que no justifica
la mala conducta pero sí obliga a reconocer que la integridad es también un
asunto institucional y que las reglas que orientan la evaluación académica
tienen consecuencias.
En este sentido, adquiere especial
relevancia el llamado de la Declaración de San Francisco sobre la Evaluación de
la Investigación (DORA, 2012) a abandonar el factor de impacto de la revista
como criterio para juzgar el trabajo científico y a valorar, en cambio, su
calidad, su contenido y su contribución efectiva, del mismo modo que la
Declaración de Singapur sobre la Integridad en la Investigación (World Conference on Research Integrity,
2010) recuerda que la honestidad, la rendición de cuentas, la cortesía
profesional y la adecuada administración de los recursos no son elementos
accesorios del quehacer científico, sino su condición de posibilidad.
Propender a la integridad, una tarea
compartida
Frente a este panorama, cabe preguntarse
qué corresponde hacer a quienes investigamos y publicamos, y considero que la
respuesta comienza por prácticas sencillas que, sostenidas en el tiempo,
configuran una cultura de integridad, entre ellas reconocer como autores
únicamente a quienes contribuyeron de manera real sin excluir a quienes
efectivamente lo hicieron, conservar y en lo posible compartir los datos y
procedimientos para que otros puedan examinar nuestro trabajo, reportar también
los resultados que no confirmaron las hipótesis, dado que la ciencia se
construye igualmente a partir de lo que no funcionó, citar con honestidad y no
por conveniencia, declarar los conflictos de interés y, hoy más que nunca,
transparentar el uso de herramientas de inteligencia artificial en la escritura
y el análisis, tal como lo recomiendan las orientaciones del Comité de Ética en
la Publicación (COPE, 2023).
Conviene subrayar, asimismo, la
importancia de corregir cuando nos equivocamos, puesto que retractar un
artículo por un error honesto no debería asumirse como motivo de vergüenza,
sino como un acto de responsabilidad que fortalece la confianza en quien lo
realiza. A las revistas nos corresponde acompañar dicho proceso mediante
procedimientos claros y respetuosos, mientras que a las universidades les
compete formar en integridad desde los primeros años, no a través de un curso
aislado, sino como una práctica que se aprende cotidianamente en los
semilleros, en los grupos de investigación y en la relación formativa entre
quien enseña y quien aprende.
Conclusiones
La integridad científica no constituye un
trámite ni un listado de prohibiciones, sino una manera de situarse en el mundo
del conocimiento, y si bien las cifras sobre retractaciones y malas prácticas
generan una inquietud legítima, también ofrecen la oportunidad de reflexionar
sobre el tipo de ciencia que aspiramos a construir y el tipo de investigadores
que deseamos ser. Si algo enseña este tiempo de transformaciones aceleradas es
que la tecnología puede contribuir a detectar el fraude, pero solo las personas
pueden decidir no cometerlo, y es precisamente en esa decisión íntima y
cotidiana donde se juega buena parte del futuro de la confianza pública en la
ciencia y donde la academia asume, sin duda, su responsabilidad más profunda.
REFERENCIAS
Bik,
E. M., Casadevall, A. y Fang, F. C. (2016). The prevalence of inappropriate image duplication in
biomedical research publications. mBio, 7(3), e00809-16. https://doi.org/10.1128/mBio.00809-16
Brainard, J. y You, J. (2018). What a massive
database of retracted papers reveals about science publishing's 'death penalty'.
Science. https://www.science.org/content/article/what-massive-database-retracted-papers-reveals-about-science-publishing-s-death-penalty
Committee on Publication Ethics [COPE]. (2023). Authorship
and AI tools. COPE position statement. https://publicationethics.org/cope-position-statements/ai-author
Declaración
de San Francisco sobre la Evaluación de la Investigación [DORA]. (2012). San Francisco Declaration on Research
Assessment. https://sfdora.org/read/
Else, H. y Van Noorden, R. (2021). The fight against fake-paper factories that churn out
sham science. Nature, 591(7851), 516–519. https://doi.org/10.1038/d41586-021-00733-5
Fanelli, D. (2009). How many scientists fabricate and
falsify research? A systematic review and meta-analysis of survey data. PLoS ONE, 4(5), e5738. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0005738
Fang, F. C., Steen, R. G. y Casadevall, A. (2012). Misconduct
accounts for the majority of retracted scientific publications. Proceedings
of the National Academy of Sciences, 109(42), 17028–17033. https://doi.org/10.1073/pnas.1212247109
Gopalakrishna, G., ter Riet, G., Vink, G., Stoop, I., Wicherts, J. M. y Bouter, L. M. (2022). Prevalence of
questionable research practices, research misconduct and their potential
explanatory factors. A survey among academic researchers in The Netherlands. PLoS ONE, 17(2), e0263023. https://doi.org/10.1371/journal.pone.0263023
Ioannidis, J. P. A. (2005). Why most published
research findings are false. PLoS
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Van
Noorden, R. (2023). More than
10,000 research papers were retracted in 2023, a new record. Nature, 624(7992),
479–481. https://doi.org/10.1038/d41586-023-03974-8
World Conference on Research Integrity. (2010). Singapore Statement
on Research Integrity. https://www.wcrif.org/guidance/singapore-statement